El nuevo amanecer de los Hermanos Musulmanes egipcios

Las revueltas populares que se desencadenaron en Egipto tras la manifestación del 25 de enero y que finalizaron con la renuncia del presidente Hosni Mubarak el 11 de febrero, han permitido a los Hermanos Musulmanes, por segunda vez en su historia, soñar con el poder.

Durante los 18 días de protesta ya alcanzaron cotas de legitimidad inimaginables, cuando el fugaz vicepresidente del país, Omar Suleiman, los convocó para formar parte de un fallido diálogo nacional con el que el régimen intentaba calmar a las masas sacando adelante unas reformas que incluían una transición pacífica del poder con Hosni Mubarak a la cabeza.

La imagen mostrada por la televisión estatal egipcia el día 6 de febrero, en la que aparecían compartiendo mesa Suleiman, dos de los miembros del Maktab al-Irshad, Saad al-Katatni y Mohammad Mursi, y otros líderes de la oposición, se antojaba ya como un hito en la historia de la organización islámica. No obstante, la renuncia de Mubarak cinco días después, convirtió dicho encuentro casi en algo anecdótico, en el último intento desesperado del régimen por poner fin a unas protestas en las que el peso de los Hermanos no era, en absoluto, determinante.

Tras la renuncia del presidente, el día 11 de febrero, el Consejo Supremo de la Fuerzas Armadas no dudó en aceptar a la agrupación islámica como una fuerza política más y prueba de ello fue que designó a Sobhi Saleh, un exdiputado de los HHMM, como uno de los ocho integrantes del comité para la reforma constitucional.

Desde entonces, los HHMM han anunciado su intención de crear el partido político “al-Hurriya wa al-Adala” (La Libertad y La Justicia), de cuya formación encargaron a Saad al-Katatni, de lanzar un canal de televisión “Masr 25”,  de encargar a Jeirat al-Shater, uno de los cuatro vice-guías generales del grupo, el “desarrollo interno” de la organización en consonancia con los nuevos tiempos, e incluso de trasladar la sede general de El Cairo  al acomodado barrio de Muqatam.

Pero además, con el Partido Nacional Democrático fuera de juego, tras su disolución el pasado 16 de abril,  con las organizaciones políticas tradicionales incapaces de reaccionar y con las nuevas formaciones intentando todavía buscarse un hueco, los Hermanos se perfilan como los principales favoritos para los comicios parlamentarios de septiembre.

A esto contribuyen, una vez más, los nuevos aires de libertad, gracias a los cuales sus líderes no han dejado de participar en mítines y concentraciones multitudinarias por todo el país.

Hasta el momento, sólo la autocontención parece detenerlos. Conscientes del temor que inspiran tanto dentro de Egipto, entre la minoría copta y muchos egipcios laicos y liberales, como fuera, entre los países europeos y EEUU, los Hermanos han anunciado que, como máximo, presentarán candidatos para competir por el 40% de los escaños del Parlamento. “Participación y no imposición”, es el lema que enarbolan para no levantar las suspicacias de los más desconfiados.

Sin embargo, con la transición, a los Hermanos Musulmanes se les ha unido un incómodo compañero de viaje, los salafíes, cuyas interpretaciones rigoristas del Corán y de las tradiciones islámicas, no solo levantan temor, sino pánico.

El general Muhammad Mujtar al-Mula, asesor de Mohammad Husein Tantawi, ministro de Defensa y jefe de la junta militar que gobierna el país, subrayaba el pasado día 4 de abril, ante los editores de los diarios nacionales, que no se podía descartar a nadie de la sociedad egipcia, fuera wahabí, salafí, Hermano Musulmán o cristiano. Sin embargo, lanzaba un aviso: “el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas no permitirá a las corrientes extremistas controlar Egipto”. Una advertencia que deberán tener en cuenta los Hermanos a la hora de aliarse o no con los salafíes, que gracias al apoyo ofrecido por el régimen de Mubarak permitiéndoles abrir canales vía satélite, cuentan con una importante popularidad de la que todavía no han intentado sacar rédito político.

Pero los Hermanos Musulmanes no tienen prisa, nunca la han tenido. Su fundador Hasan al-Banna ya advirtió a sus fieles seguidores en los años 30 del siglo pasado de que el camino sería largo y estaría lleno de amarguras. Su estrategia es la de circunspección, la de la espera, fruto de más de 80 años de historia, 55 de ellos de cárcel y persecución.

Sólo en otra ocasión llegaron a acercarse a los círculos del poder: con el triunfo del golpe de Estado protagonizado por Gamal Abdel Naser en julio de 1952. En aquel entonces, los llamados Oficiales Libres necesitaban un apoyo popular que sólo los HHMM les podían brindar y estos últimos estaban deseosos de ayudar a cambio de, al menos, ejercer alguna influencia en el Gobierno. Pero Abdel Naser no estaba dispuesto a compartir el poder y una vez que consiguió afianzarse a la cabeza del régimen no dudó en volverse contra sus antiguos socios. Así, después de disolver los partidos políticos en enero de 1953, justo un año después fueron prohibidos los Hermanos Musulmanes y en octubre de 1954, tras un atentado fallido contra Naser perpetrado por un integrante de la congregación, comenzó una represión que se extendió durante todo su mandato y que sumió a los Hermanos en una larga noche, cuyo amanecer solo ahora comienza.

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