La cuadratura de la pirámide egipcia: Los Hermanos Musulmanes, el Ejército y los salafíes

Nadie duda a estas alturas de que el futuro de Egipto pasa por las relaciones entre el Ejército, que parece decidido a no perder las prerrogativas logradas desde 1952, los Hermanos Musulmanes, llamados a ocupar el papel de liderazgo político que llevan reclamando desde finales de los años 30 del siglo pasado y los salafíes, alimentados por el régimen del derrocado Mubarak y cuya capacidad de convocatoria será medida en las elecciones del próximo 28 de noviembre.

Las fuerzas laicas, que siempre han jugado a ser la comparsa del régimen, luchan en las urnas para evitar que los salafíes, surgidos de la virtualidad de los canales internacionales pagados con capital saudí y emitidos desde la ciudad de la imagen de El Cairo, se apoderen del tercer vértice del triángulo (Ejército-HHMM-¿?), ya que en ese caso, quedarían relegados a convertirse en la cuarta esquina en discordia de un cuadrado imperfecto (Ejército-HHMM-Salafíes-Fuerzas laicas).

El Ejército, cuyas relaciones con los Hermanos Musulmanes desde la caída de Mubarak se han caracterizado por su fluidez, hasta el punto que muchos han llegado a acusar a ambos grupos de actuar de mutuo acuerdo, parece que ha sufrido un ataque de vértigo ante la cercanía de la cita electoral, como ha quedado reflejado en el proyecto constitucional presentado el pasado día 3 de noviembre.

Según este proyecto, que recoge 23 puntos “supranacionales” que aún no han sido aprobados y que de serlo deberán ser respetados por la nueva Constitución, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas se reserva la exclusiva competencia de supervisar cualquier legislación relacionada con el Ejército, así como la potestad de pedir la revisión de cualquier artículo que contravenga los “principios básicos” del Estado.

Esta clara intromisión, que los HHMM han rechazado de plano y cuya retirada han exigido junto a personalidades, partidos y candidatos presidenciales, ha puesto en  evidencia tanto que el Ejército está preocupado por su lugar en el futuro egipcio tras casi 60 años en el poder, como que las relaciones  con los ultraconservadores islámicos no atraviesan su mejor momento.

El Ejército, que desde la era de Anuar al-Sadat supo mantenerse en un segundo plano creando una fachada política de cartón-piedra que dirigiera los asuntos civiles del país y que permitió que la riada del 25 de febrero se la llevara con sus protestas, contempla ahora, con cierta preocupación, como se plantean los trabajos de reconstrucción de la nueva fachada.

Hasta qué punto afectarán a la estructura o a los cimientos del edificio y, por tanto, al Ejército y a su papel, y cómo reaccionarán las Fuerzas Armadas ante estos trabajos, son cuestiones que incidirán cómo es obvio en el futuro del país.

Pero el Ejército y los Hermanos Musulmanes, al igual que el resto de fuerzas políticas, se han visto sorprendidos por la entrada en el juego de los salafíes, que pasaron de renunciar a la política durante la era Mubarak, a formar partidos políticos como Al-Nur y Al-Asala, que unidos en una alianza aseguran ser capaces de atraer a un treinta por ciento del electorado.

La agrupación islámica y su brazo político Al-Hurriya wa al-Adala, que comparte muchas de las cuestiones morales con los salafíes no han podido mantenerse al margen de esta irrupción.

Con la religión en juego, salafíes radicales y Hermanos Musulmanes luchan por convencer al mismo electorado. Los salafíes jugando con la supuesta pureza de su prédica y los Hermanos con la supuesta honestidad de su pragmatismo político y su talante social.

Sin embargo, Al-Hurriya wa al-Adala, cuyo resultados electorales podrían llegar al 40 por ciento de los asientos, ha optado por presentarse a los comicios a la cabeza de una alianza de 12 partidos, en la que concurren partidos laicos como Al-GadAl-Karama y grupos religiosos moderados como Al-Wasat.

Los salafíes no ven con buenos ojos las alianzas con el laicismo, que consideran sinónimo de ateísmo e infidelidad. Por eso, los resultados electorales de las fuerzas laicas, por un lado, y de los salafíes, por otro lado, pondrán definitivamente a Al-Hurriya y a los Hermanos en la disyuntiva de tener que elegir como socios a uno de los dos para la elaboración de la hoja de ruta del nuevo Egipto, la Carta Magna.

Hasta el momento y como ha caracterizado su política en las décadas pasadas, la congregación se ha movido entre dos aguas apelando al “acuerdo nacional”. Un discurso que con la formación de la nueva cámara tendrá que pasar a la práctica.

Acercarse a los grupos laicos los alejaría de los salafíes y podría suponer arriesgar la pérdida de parte del electorado, acercarse a los salafíes, desataría la oposición de los laicos y de los grupos islámico moderados y removería los miedos atávicos hacia un régimen islámico.

Los Hermanos siempre han sido conscientes del temor que suscita el islam político dentro y fuera del país, como dejó claro el pasado mayo el viceguía de los HHMM, Jeirat al-Shater, cuando aseguró que la agrupación no presentaría candidato a las presidenciales para evitar que se repitiera en Egipto el escenario argelino.

Además, ante una hipotética alianza islámica entre moderados y extremistas en la Asamblea Constituyente, cuál sería la reacción del Ejército que el pasado abril amenazaba con que no permitiría que Egipto se convertiría en un nuevo Irán o en una nueva Gaza, mientras alejaba los miedos a un eventual golpe de estado.

Así, entre estos vértices, los egipcios deberán elegir las bases de su nuevo país, y los polos surgidos de las urnas deberán levantar la nueva casa egipcia en la que deberán encontrar y renegociar su lugar.

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