El Ejército y los Hermanos, cara a cara, 59 años después

Han tenido que pasar 58 años de dictadura y 16 meses desde el levantamiento popular que forzó la renuncia del presidente Hosni Mubarak, para que las dos principales fuerzas del país en el último medio siglo, las Fuerzas Armadas y los Hermanos Musulmanes, se vuelvan a encontrar cara.

Los escenarios son totalmente distintos, los protagonistas tampoco son los mismos, pero en sus manos, al igual que en 1953, vuelve a estar el futuro del país más influyente de la región, Egipto.

El 23 de julio de 1952, un grupo de jóvenes oficiales derrocó en un incruento golpe de Estado al rey Faruk I. La denominada “Revolución de los oficiales libres” contó en su momento con el apoyo de todas las fuerzas políticas y especialmente de los Hermanos Musulmanes, que se precipitaron a mostrar su lealtad sin fisuras a los golpistas, con quienes mantenían muy buenas relaciones.

Los oficiales, más allá del golpe de efecto logrado tras acabar con la odiada monarquía, carecían de habilidades administrativas para dirigir el país y de carisma suficiente para arrastrar a las masas. Para la primera misión echaron mano de los veteranos políticos egipcios, y para la segunda, se apoyaron en los Hermanos Musulmanes.

Sin embargo, el 16 enero de 1953, decidieron deshacerse de la oposición política al régimen prohibiendo los partidos, una medida  que, no obstante, no afectó a la congregación islámica debido a que estaba registrada como una asociación y no como agrupación política. La razón detrás de esta medida era que los golpistas, encabezados por quien acabaría siendo en 1954 el  presidente de Egipto, Yamal Abd al Naser, aún necesitaba la legitimidad que le otorgaba su alianza con los Hermanos para poder apuntalarse en el poder.

Los desencuentros entre ambos contendientes, no sólo se adivinaban insalvables, sino que fueron in crescendo. Los HHMM querían imponer la “sharia”, a lo que se oponía Naser, y éste pretendía gobernar en solitario, lo uqe no compartían los HHMM, que siempre defendieron el regreso del multipatidismo.

El 13 de enero de 1954, los militares decidieron deshacerse de sus últimos compañero de viaje. Declararon que la congregación, nacida en 1928, era, en realidad, un partido político y, por lo tanto, quedaba sujeta a la prohibición decretada un año antes.  Pero la ruptura definitiva no llegaría hasta octubre de 1954, cuando los uniformados acusaron a los Hermanos de estar detrás de un intento de asesinato de Naser durante un discurso en Alejandría.

Esta acusación se convertiría en el pistoletazo de salida de una represión, que alternada con periodos de entendimiento con la llegada de Anuar el Sadat en 1970 y de Hosni Mubarak en 1981, no terminaría hasta el 11 de febrero de 2011, con la renuncia de Mubarak.

Ahora, tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales,  ambas fuerzas políticas se vuelven a enfrentar, esta vez en las urnas, y representadas por Ahmad Safiq y Muhammad Mursi. Dos pesos medios, pero viejos conocidos para los egipcios

Las candidaturas de Muhammad Mursi y de Ahmad Shafiq no eran las primeras, sino los planes B de dos grandes pesos pesados, Jeirat al Shater, por los Hermanos, y Omar Suleiman, por las Fuerzas Armadas, cuyas concurrencias fueron finalmente descartadas por las autoridades.

El carisma de Shater es tal, que durante la crisis que se desató a finales de 2009 en el seno de la cofradía, muchos indicaron que de no haber estado en ese momento encarcelado, hubiera sido un candidato a murshid al-am (guía general) de los Hermanos, debido a su privilegiada posición entre las nuevas generaciones y las más veteranas.

La apuesta de los militares por Suleiman, jefe de los Servicios Secretos, quedó clara cuando Mubarak lo nombró vicepresidente durante los últimos días de su mandato y, por lo tanto, su posible sucesor.

Pero no por ser la segunda opción de ambas fuerzas, Mursi y Shafiq son menos conocidos o su elección menos estudiada.

Muhammad Mursi se convirtió en el portavoz de los Hermanos Musulmanes en el Parlamento en la legislatura 2000-2005, y como consecuencia de su activismo dentro de la Asamblea Legislativa, el régimen forzó su derrota electoral en los comicios de 2005, en los que perdió ante un independiente cercano al partido de Mubarak. Por su parte, la cofradía le agradeció sus servicios ascendiéndolo al máximo órgano del grupo (Maylis al-Shura) en 2004, convirtiéndose en uno de sus principales dirigentes. Tras la crisis interna dentro de la organización islámica de finales de 2009, en la que se posicionó claramente del lado del ala más conservadora, fue designado como uno de los tres portavoces de la agrupación, junto a Muhammad Saad al-Katatni, ahora presidente del Parlamento, e Isam al-Arian.

Su visibilidad pública daría un nuevo salto el 30 de abril de 2011, cuando renunció a su puesto en el máximo órgano ejecutivo de los Hermanos y se convirtió en presidente del partido de la agrupación Al-Hurriya wa al-Adala, al frente del cual se impuso en las elecciones legislativas de noviembre.

Ahmed Shafiq, militar de carrera, pasa por ser el último primer ministro de la época Mubarak, puesto al que renunció el 3 de marzo de 2011, como consecuencia de la presión popular. El 29 de enero del año pasado, en un penúltimo intento por apaciguar la situación en el país tras las protestas que habían estallado el 25 de enero,  Mubarak entregó a dos militares de carrera los puestos clave del sistema, a Suleiman, quien designo como vicepresidente y a Shafiq, a quien  nombró al frente del Gobierno.

Pero antes de asumir esta responsabilidad, su nombre ya había sonado en el Egipto prerrevolucionario, cuando ocupaba el puesto de ministro de Aviación Civil. Shafiq ya aparecía en todas las quinielas en 2010, junto a Suleimán, como posible candidato a sustituir a Hosni Mubarak en lugar de su hijo Gamal, por quien las altas esferas del régimen militar no tenían ninguna simpatía.

Mursi cuenta con el apoyo de los salafíes, o al menos del influyente predicador Muhammad Hasan, que ya le ha dado su bendición para la segunda vuelta, a cambio, cómo no, de dar un giro hacia la ultraderecha islámica. Por su parte, Shafiq, como buen representante del régimen, tiene de su parte al no desdeñable 10 por ciento que representan los cristianos, que han vivido siempre con el temor de que la corriente islámica alcance el poder.

Esta disputa, más allá del desengaño lógico de los jóvenes de Tahrir, que acusan a los Hermanos de robarles la revolución, no es más que la consecuencia natural de un viejo conflicto muchas veces postergado y cuyo desenlace comienza ahora. 

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