De califas, reyes, ayatolás, déspotas y Hermanos

Comencemos por el principio. ¿Qué es un califa? A la mente de muchos viene un personaje sacado de las Mil y Una Noches en una pomposa corte con bellas mujeres que conforman un harén, numerosos manjares, turbantes, alfombras, decorados damascenos y bestias exóticas. Las Mil y Una Noches son la base del orientalismo, pero la realidad es que todas esas imágenes –por cercanas o alejadas que estén de la realidad- no explican qué es un califa.

Califa (jalifa en árabe) significa literalmente sucesor y es el título que adoptó Abu Bakr, primer califa tras la muerte del profeta Mahoma, que se llamó a sí mismo jalifat rasul Allah (sucesor del mensajero de Dios). Posteriormente, la parte del mensajero se fue olvidando y las dos grandes dinastías árabes, la Omeya y la Abbasí (después vendrían persas y turcos fundamentalmente), instauraron unas monarquías hereditarias y despóticas (ِal-mulk al-gadud) cuyas cabezas seguían adoptando el título de califa. La idea de sucesión o delegación es especialmente importante en el islam porque Dios insiste en El Corán en que el ser humano es el “delegado o sucesor de Dios en la Tierra”. Así, estos califas que poco tenían que envidiar en sus pretensiones a los “reyes por la gracia de Dios” de nuestro continente, se presentaban como delegados de Dios ante el pueblo.

Eliminado el califato por Mustafa Kemal Atatürk en 1924, se consideró en algunos círculos que se cumplía una profecía de Mahoma en la que se pasaría en los países islámicos a una nueva etapa de gobierno injusto, pero al que se sumaba el hecho de no estar inspirado en las leyes islámicas y el carecer de una referencia religiosa común (al-mulk al-yabri). Tras ello, debería llegar el gobierno del islam.

Por tanto, volvemos a preguntarnos ¿ser califa qué significa? El islam no establece ninguna forma de gobierno específica ni de elección del líder, por lo que ser califa supone ser el líder político de los musulmanes del mundo unidos en un estado, o pretender serlo. Como a lo largo de la historia esto se mezcló con una especie de inspiración divina (salvando las distancias, la Reina de Inglaterra sería la califa de los anglicanos), la realidad es que el ser califa era (y es, ahora que se ha declarado un califato) un intento de revestirse de legitimidad religiosa y política. Fijémonos además en que Al-Bagdadi ha decidido escoger el nombre de Abraham, padre de las religiones monoteístas, para legitimar su vocación universal.

Sobre este tema, los Hermanos Musulmanes sirios (parte de cuyo país de origen estaría incluido en dicho califato) se han pronunciado a través de su órgano de jurisprudencia, diciendo lo siguiente (05/07/2014):

“Este supuesto califato es falso y no tiene consideración legal alguna, por lo que no se le aplican ninguno de los supuestos que se aplicarían al verdadero califato: ni obediencia ni pleitesía”.

Para justificarlo, los Hermanos aducen una serie de razones, como que han matado inocentes y han declarado infieles a los musulmanes y los revolucionarios civiles, así como a los revolucionarios armados. No solo eso, sino que “han desangrado la revolución de las gentes de Siria e Iraq”. Además, “el califato es un pacto entre la comunidad de musulmanes y el califa, y no se puede imponer por medio de la intimidación y las amenazas”. Por ello, “no cambiaremos a un déspota por otro […], y estos se han convertido en un mismo enemigo junto al régimen (sirio)”.

Por su parte, el líder de la Hermandad, Muhammad Riyad Shaqfa (08/07/2014) era muy contundente: “Se trata de un grupo de ideología y comprensión del islam extremista que no representa a la revolución ni la sociedad siria (ello mismo sería aplicable a Iraq), y el hecho de que haya anunciado la creación de un Estado islámico y un califato nos ha sorprendido porque nadie, por mucha fuerza que tenga, puede hacerlo, ya que la elección del gobernante es un derecho del pueblo”.

Shaqfa se refirió también a la situación en Iraq: “Lo que sucede en Iraq se parece a lo que ha sucedido y sucede en Siria: debido a la corrupción, sectarismo y marginación contra los suníes que ha ejercido Al-Maliki, además de su sometimiento a Irán, las tribus y líderes suníes se han movilizado para recuperar sus derechos (Shaqfa olvida que no todos los chiíes apoyan a Maliki y que algunos que lo apoyan son meras milicias privadas)”. Unas movilizaciones estas que se han sucedido durante años (incluyendo luchas contra Al-Qaeda en Iraq en la última década) pero que el Estado Islámico ha aprovechado ahora en contra de Maliki e Irán, pero también en contra de las aspiraciones del pueblo. Sin embargo, al ver que puede ser un aliado táctico contra Maliki, muchos se han sumado, esperando que este, acorralado, dimita y se forme un gobierno de unidad nacional, que después lidie contra el Estado Islámico, que muchos consideran una amenaza menor.

Sin embargo, este califato supone también una afrenta ideológica y de legitimidad para un estado fundamental en la región, y no es precisamente el Irán chií –según lo dicta su propia constitución-, sino Arabia Saudí, reino que se ha arrogado el derecho de representante del islam suní en la región, frente Irán. Una pretensión que explica en parte, solo en parte, la enemistad con su minúsculo vecino Qatar, partidario de una versión de islam al estilo de los Hermanos Musulmanes (que, por otra parte, han intentado siempre satisfacer a Arabia Saudí y ganarse su favor), a los que Arabia Saudí ayudó a derrocar en Egipto y declaró terroristas precisamente junto a Al-Qaeda.

Así, la complejidad de la situación exigiría un movimiento inteligente de acercamiento para lograr una postura común de los países del Golfo de cara a contrarrestar dicho extremismo. La declaración del Califato no es un problema recién creado, sino resultado de las políticas de enfrentamiento y el azuzamiento del sectarismo en la región, una realidad derivada de la extrema torpeza de EEUU al derrocar un gobierno por la fuerza (lo cual en sí ya es deleznable teniendo en cuenta todos los intereses que había detrás) sin una alternativa real y válida para mantener un país erigido sobre la unificación de tres zonas históricamente separadas, pero también del apoyo internacional a regímenes a que han brutalizado a su población despertando en ella el rencor. Así, las ansias autoritarias de Maliki, que paradójicamente viene patrocinado por un ambicioso Irán y por un inepto EEUU, han terminado de abrir la caja sectaria de Pandora en el país del Tigris y el Éufrates. Sin embargo, la lucha no es un mero binomio suní-chií, sino que suníes y chiíes no están tampoco unidos entre sí: lo único que cuenta son los intereses de cada uno, de carácter más individual o patriótico según el caso.

En una zona donde los mecanismos de acción y asociación son extremadamente complejos, los Hermanos Musulmanes –como representantes de un islam político que apuesta por la democracia, al margen de las preferencias de cada uno- son los grandes damnificados política e ideológicamente (en parte por lo propios errores que cometió Muhammad Mursi durante su año de mandato al que se puso fin manu militari) frente al ascenso del yihadismo al que se ha dado rienda suelta desde todos los flancos. Todo ello sin olvidar en ningún caso los cientos de miles de civiles atrapados en una vorágine a la que les han abocado la continua injerencia en su territorio y el uso político y fanático de la religión. Lo que ellos pedían era sencillo: libertad y derechos frente al opresor, peticiones contra las que, según los Hermanos, luchan unos yihadistas que dicen ser parte de la insurrección en Siria e Iraq.

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